El cine - Philippe Delerm
Domingo, 12 Noviembre 2006 por Lara Croft
El cine no acaba de ser una salida. Apenas estamos con los demás. Lo que importa es esa especie de flotamiento algodonoso que sentimos al entrar a la sala. No ha empezado la película; una luz de acuario tamiza las conversaciones a media voz. Caminando por la moqueta, nos dirigimos con falso aplomo hacia una fila de butacas vacía. No puede decirse que nos sentemos, ni siquiera que nos arrellanemos en el asiento. Es preciso domesticar ese volumen abombado, entre compacto y mullido. Poco a poco nos enroscamos imprimiendo a nuestro cuerpo pequeñas y deliciosas convulsiones. Al propio tiempo, el paralelismo, la orientación hacia la pantalla entreveran la adhesión colectiva con el placer egoísta.
Pero el intercambio se interrumpe ahí, o casi. ¿Qué nos llegará de ese gigantón de aspecto desenfadado que sigue leyendo el periódico, tres filas más adelante? Tal vez unas risas, cuando nosotros no nos riamos -o lo que es peor: algunos silencios cuando sí se nos escape la risa. En el cine, no nos damos a conocer. Salimos para escondernos, acurrucarnos, enterrarnos. Estamos en el fondo de la piscina, y en ese profundo azul cualquier cosa puede llegarnos de ese falso escenario sin profundidad, anulado por la pantalla. Ni un olor, ni una corriente de aire en esa sala volcada en una espera plana, abstracta, en ese volumen concebido para deificar una superficie.

Sobreviene la oscuridad, el altar se ilumina. Vamos a flotar, peces del aire, pájaros del agua. El cuerpo va a aletargarse, y nos tornamos campiña inglesa, avenida de Nueva York o lluvia de Brest. Somos la vida, la muerte, el amor, la guerra, sumergidos en el embudo de un haz de luz donde revolotea el polvo. Cuando aparece la palabra fin, permanecemos postrados, como con disnea. Luego se enciende la insoportable luz. Entonces hay que desplegar el cuerpo entumecido, y sacudirse hacia la salida en plan sonámbulo. Sobre todo no dejar caer de inmediato las palabras que destrozarán, juzgarán, puntualizarán. En la vertiginosa moqueta, aguardar pacientemente a que el gigantón del periódico pase delante. Cual patosos cosmonautas, conservar durante unos segundos ese extraño torpor.
Philippe Delerm, El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, “El cine”, Tusquets Editores, Barcelona, 1998.
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Noviembre 12, 2006 a las 4:26 pm
Hola,
Es un goce ese libro. A partir de su lectura cada vez que prueba una cerveza la saboreo tan intensamente que le haría un cuento.
Rodolfo
Noviembre 13, 2006 a las 1:18 pm
Es cierto Rodolfo. Si bien ciertas costumbres no nos son tan familiares, hay tres cuentos con los que me identifico gratamente, el del título del libro, el que transcribí aquí y el del paseo en bicicleta