Archive for the ‘Perlitas’ Category

El globo rojo

Domingo, Abril 3rd, 2005

El globo rojo

País: Francia
Año: 1956
Título internacional: Le ballon rouge, The red balloon
Guión y Dirección: Albert Lamorisse
Actores: Pascal Lamorisse, Georges Sellier, Vladimir Popov, Paul Perey, René Marion, Sabine Lamorisse, Michel Pezin.

Por momentos extraño mi infancia. Me refiero a la tierna infancia, entre los 3 y 6 años, cuando creía en la existencia de un mundo mágico que siempre me seducía e intrigaba, y que a veces también me asustaba. Un lugar donde todo -hasta las cosas inanimadas- tenía alma, personalidad, sentimientos. Un espacio paralelo, ajeno a la cotidianeidad de los adultos y prescindente de la lógica, de las reglas, de las explicaciones… En esa época, vi El globo rojo, película francesa que acrecentó mi devoción por los globos, mi fe en la amistad (aún cuando se tratara de la amistad de un juguete), y mi encanto por el cine.

Pascal y su peculiar compañero

Pocos films habrán contado una historia tan hermosa como ésta, sobre la relación de un niño con su peculiar compañero. Pocos habrán logrado darle vida a algo tan aparentemente inexpresivo como ese objeto inflado, atado a un piolín. Pocos habrán descripto de un modo tan poético las ilusiones y la imaginación propias de la niñez.

Sin dudas, el globo rojo es el gran personaje de este largometraje. Para dotarlo de picardía, de fidelidad, de afecto, el guionista y director Albert Lamorisse se valió “únicamente” de distintos planos y del arte de la edición. Aquí no hubo efectos especiales, y ningún actor famoso prestó su voz. No: sólo se trató de la cámara y del globo.

¿Quién no lloró ante esta escena?

El globo acompañando a su dueño y amigo Pascal, esperándolo en alguna esquina o detrás de una ventana, jugando a una especie de mancha. El globo escapando de una patota. El globo acorralado. El globo multiplicándose en más y más globos multicolores… Todas estas escenas son profundamente bellas y conmovedoras, y en todas ellas también aparece algo de un París lejano en el tiempo y en la distancia, con sus calles grises, sus panaderías de antaño, sus viejas escuelas municipales.

A casi 50 años de su filmación, El globo rojo mantiene vigentes su estética, su expresividad, su sello. Es un referente indiscutible de un cine austero, sensible, artístico que parece haberse perdido con el paso del tiempo. Es, sobre todo, un pasaje seguro a aquella infancia que se fue, pero que de tanto en tanto podemos visitar.

La princesa insensible

Sábado, Marzo 26th, 2005

La princesa insensible, mezcla de collage y sombras chinas

Me costó dar con sus datos, es decir, con el título original, el nombre del dibujante y la fecha de realización. Pero por fin los encontré (en momentos como éste realmente adoro Internet). Por fin sé que aquel corto del cual me enamoré hace algunos años, cuando lo vi en el programa de TV Caloi en su tinta, se llama La princesa insensible. Fue hecho en 1984 por el francés Michel Ocelot y dura apenas 34 minutos. Una verdadera joyita animada que deja chiquititas, chiquititas, chiquititas a megaproducciones del estilo de Los increíbles, Bob Esponja o la recientemente estrenada Robots.

Es una pena que la Web carezca de imágenes y sitios alusivos al mencionado corto, como para citarlos y mostrar lo extraordinario de este trabajo. Por otra parte, contar la historia de esta princesa indiferente a todo lo que la rodea, sería un pecado.

El responsable de tanta belleza: Michel Ocelot

Dadas semejantes limitaciones, me conformo con escribir que pocas veces vi un dibujo animado tan hermoso desde el punto de vista narrativo (el relato es tan ocurrente como su final, sorprendente) y visual (Ocelot mezcló la técnica de collage con la de sombras chinas para darle color, brillo y dinamismo a imágenes entrañables). En suma, se trata de una pequeña obra de arte que -crucemos los dedos- algún programa de televisión o algún ciclo de cine tendrá el tino de volver a proyectar.

Quienes se nieguen a esperar el milagro pueden buscar el DVD titulado Príncipes y princesas (Princes & Princesess), editado en 2000, y que recopila seis cuentos para niños de la talla del corto aquí comentado. Como sea, ahora que los conseguí, les recuerdo los datos de la perlita de hoy: La princesa insensible (o La princesse insensible), del francés Michel Ocelot, 34 min, 1984.

Mujeres de la noche

Domingo, Marzo 13th, 2005

Mujeres de la noche (alusión libre)

País: Japón
Año: 1948
Título internacional: Yoru no onnatachi, Women of the night
Guión: Yoshikata Yoda
Director: Kenji Mizoguchi
Actores: Kinuyo Tanaka, Sanae Takasugi, Tomie Tsunoda, Hiroshi Aoyama, Fusako Maki, Mitsuo Nagata, Kikue Môri.

Filmada en 1948 por Kenji Mizoguchi, Mujeres de la noche quebró la barrera del tiempo para convertirse en una obra clásica. Efectivamente, más de medio siglo después de su estreno, esta película sigue impactando por su referencia a una problemática social específica (la condición de la mujer en Japón durante la última posguerra), así como por su simplicidad formal (basada en el uso de planos-secuencia y de movimientos de cámara fluidos, con pocos recursos de montaje).

Kenji Mizoguchi

En un Japón devastado por la Segunda Guerra Mundial, la crisis económica y moral parece exacerbar lo peor de una sociedad tradicionalmente machista, acostumbrada a someter y a explotar a las mujeres. Acorraladas por el hambre, la miseria y la soledad, muchas de ellas deben prostituirse. Justamente, éste es el caso de las tres protagonistas del film -Fusako (interpretada por Kinuyo Tanaka), Natsuko (Sanae Takasuji) y Kumiho (Tomie Tsunoda)- cuyos destinos, por tratarse de dos hermanas y una vecina, se entrecruzan.

Como en otras películas de Mizoguchi -La dama de Musashino o La vida de Oharu, mujer moderna-, el hecho de que los personajes femeninos se prostituyan no implica ningún juicio de valor por parte del director. Al contrario, las protagonistas son retratadas como heroínas poseedoras de un encanto personal y de una fuerte sensualidad. El sentimiento de empatía hacia ellas es casi inevitable, y lo más llamativo de este fenómeno es que Mizoguchi logra provocarlo sin necesidad de recurrir a primeros planos.

Aunque se circunscribe a una realidad típicamente japonesa, Mujeres de la noche presenta elementos propios de la cultura occidental. De hecho, el film se inicia y termina con la Séptima Sinfonía de Ludwig Van Beethoven y el Ave María de Franz Schubert respectivamente, además de incluir en la última escena un plano detalle de un vitral de la virgen con el niño Jesús. Tal vez, la elección de dicha figura busque representar el sufrimiento, sacrificio y valentía de esas mujeres prostituidas (ellas, como la madre de Cristo, también deben hacerle frente a una realidad que se les impone, que las daña, las martiriza y las condena).

Mujeres de la noche: la única imagen disponible La simplicidad formal de Mizoguchi

Mujeres de la noche también se caracteriza por una forma de filmar llana, directa, sin rodeos estilísticos. Se trata de una apuesta a la fluidez argumentativa antes que a los artilugios de montaje. Desde este punto de vista, nada más elocuente que la escena de pelea entre prostitutas y la de la razia policial. En ambo casos, el excelente trabajo actoral y el hábil manejo de una cámara testigo logran una combinación muy efectiva entre realismo y carga emotiva.

A través de esta postura estética, Mujeres de la noche evita la denuncia panfletaria (el único discurso o reflexión “teórica” aparece hacia el final del film, en boca de Fusako), o el melodrama psicológico y sus frecuentes golpes bajos. Quizás por eso, el paso del tiempo no la haya corrompido y, en cambio, como sucede con los buenos vinos, ahora sus virtudes se vuelven todavía más apreciables.

La jetée

Domingo, Noviembre 21st, 2004

La jetée

País: Francia
Año: 1964
Título original: La jetée / The pier
Guión: Chris Marker
Director: Chris Marker
Actores: Jean Négroni, Hélène Chatelain, Davos
Hanich, Jacques Ledoux, André Heinrich, entre otros.

 

“Uno no se evade del tiempo”, asegura el protagonista de La jetée (o, en castellano, El espigón) poco antes de finalizar su testimonio. Esta conclusión se presenta como el cierre casi perfecto de una historia circular que empieza y termina en un mismo escenario -el aeropuerto parisino de Orly- y que sirve de excusa para plantear el problema del límite entre el espacio y el tiempo, entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y la ficción, entre la niñez y la madurez, entre la vida y la muerte.

Filmado en 1962 por el francés Chris Marker, este mediometraje juega con el formato del documental, más precisamente del fotograma (sucesión de fotos), para presentar un relato de ciencia ficción contado en primera persona. El protagonista, un prisionero sobreviviente del holocausto nuclear, describe de qué manera sus carceleros lo obligan a viajar del pasado al futuro para ayudar a la salvación de la especie humana.

Este traslado a través del tiempo es meramente mental. Se trata de una especie de sueño inducido por drogas, y controlado por la voluntad del preso y de quienes lo vigilan. Tal como explica la voz en off del impávido Jean Négroni, la persona no delira pero, en cambio, sufre. Efectivamente, el padecimiento aparece por el esfuerzo cerebral de generar o recrear una realidad, ya sea en el pasado o en el futuro.

Lo que ya fue y lo que será se combinan entonces en un presente también difuso, donde lo onírico se mezcla con los recuerdos y donde la acción se proyecta hacia el porvenir, con miras a salvar esa nueva raza de seres humanos que necesitan reconstruir sus orígenes. A partir de esta confusión temporal, es difícil distinguir lo cierto de lo falso, lo real de lo imaginado. Hasta la memoria (o, según las propias palabras del protagonista, el “museo de la memoria”) puede caer bajo la influencia de un tiempo tan fluctuante como inasible.

Del mismo modo que en el cuento Continuidad de los parques de Julio Cortázar, el prisionero de La jetée también asiste a su propio fallecimiento. Pero la paradoja es todavía más impresionante en el fotograma francés, ya que quien muere (el protagonista adulto) y quien es testigo de su muerte (el protagonista niño) no son exactamente la misma persona. De ahí que el personaje se refiera al “recuerdo de un tiempo dos veces vivido”.

Sin duda, el uso de fotos en blanco y negro y de la voz en off le da a este mediometraje toda la apariencia de un documental de guerra. El texto resulta fundamental a la hora de aumentar la carga emotiva de las imágenes. En principio, el hecho de ser interpretado en primera persona le otorga mayor credibilidad al relato, además de crear una sensación de empatía más grande en el espectador.

Sin embargo, lejos de quedar atrapado en este formato, Chris Marker también recurre a determinados elementos de ficción para enriquecer su trabajo. Por ejemplo, desde el punto de vista del contenido, cabe señalar la historia de amor entre el protagonista y esa mujer que forma parte de sus recuerdos. En el mismo sentido, vale la pena mencionar el anonimato de los personajes (nadie tiene nombre), y el tiempo y estilo de narración que ayudan a crear un clima de intriga y suspenso.

Por otro lado, desde un enfoque más formal, merecen ser citados los efectos sonoros (susurros inquietantes, latidos de corazón) que, cuando el prisionero es inducido al sueño a través de los tiempos, remiten a cierta escenificación de la tortura. Igualmente, puede decirse que el tipo de fotografía utilizado no responde precisamente a un criterio periodístico o documental, sino más bien a una pauta estética y a veces hasta publicitaria.

Ni documental puro ni película de ficción convencional, La jetée se presenta más bien como una suerte de ensayo filosófico sobre cuestiones que siempre preocuparon al hombre. De hecho, alrededor de un relato bien contado, Marker propone un estimulante debate acerca de la verdad, la historia, el tiempo y, en síntesis, la existencia del ser humano.